La Ciudad de México, desde sus obviedades menos evidentes

Aunque nos cueste reconocerlo, los lugares comunes y los clichés, a veces, ameritan visitarse. A los miembros que la Sociedad de Viajeros Renuentes nos encantaría ignorarlos, hacer como que los obviamos pero… ¿Quién puede resistir, una vez desembarcado en la antigua Venecia de América, visitar el Templo Mayor y su Catedral Metropolitana, ambos enroscados en uno de los costados de la imponente plaza del Zócalo?

Centro Ciudad de México

O, a la hora de sentarse a tomar algo, ¿de verdad hay que tener vergüenza de recorrer la calle de Tacuba, donde se encuentra el infalible Café del mismo nombre o, en la calle paralela, 5 de mayo, tomar un trago en el Bar La Ópera que conserva en su techo el hueco de la bala que disparó el revolucionario Pancho Villa?

Ahora bien, este recorrido tan… cómo decirlo, socorrido y concurrido, puede enriquecerse con otras consideraciones.

De entrada, antes de llegar a estos placenteros descansos, quien lleve los ojos abiertos tropezará con los fragmentos de meteoros que se exhiben en la entrada del Palacio de Minería, escondidos bajo la mirada de la estatua ecuestre de Carlos IV, o El Caballito, ubicada en la Plaza Tolsá frente al Museo Nacional de Arte; migajas astrales que son un extraño y muy recomendable encuentro con la vía Láctea.

Pero además, detrás del Tzompantli Mayor, por llamar de algún modo a la estructura sobre la cual los aztecas exhibían los cráneos de sus sacrificados, está la Casa de las Ajaracas, que en la actualidad alberga el Museo Archivo Fotográfico, y el Antiguo Colegio de San Ildefonso, sede de uno de los museos más importantes de la capital y también de murales de Diego Rivera, Jean Charlot, Fernando Leal, Ramón Alva de la Canal, Fermín Revueltas y José Clemente Orozco, así como de una serie de inmensos patios, no tan recónditos, pero sí imperdibles.

En todo caso, lo prehispánico, colonial y apasionante del centro de la ciudad no se agota de este lado del suntuoso Paseo de la Reforma. Unos metros más al norte está Tlatelolco, uno de los primeros asentamientos del Valle de México, y donde se construyera en el siglo xvi el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, la primera institución de educación superior de América, cuyo mandato era la integración cultural de los conocimientos indígenas y españoles.

Centro Ciudad de México

Su Plaza de las Tres Culturas se llama hoy así porque ahí están los vestigios arqueológicos de la capital de los tlatelolcas, los restos del Tecpan que fuese el centro de operaciones del Tianguis o mercado del lugar, y que ahora despliega el mural “Cuauhtémoc contra el mito” del polémico artista David Alfaro Siquieros, pero también el Templo de Santiago (la segunda de las tres culturas) y el conjunto habitacional diseñado a mediados del siglo xx por el arquitecto Maro Pani (la tercera).

Aquí se puede visitar el Centro Cultural Tlatelolco, con el Memorial del 68, espacio simbólico dedicado a los tristemente célebres eventos de represión social del verano de aquel año, pero también la Colección Stavenhagen con más de 500 piezas prehispánicas o la Sala de Colecciones Universitarias que cuenta con obra de artistas como Francis Alÿs, Miguel Calderón, Pedro Friedeberg, Alan Glass, Pedro Gualdi o Kazuya Sakai.

El complejo arquitectónico e histórico está coronado por la antigua Torre de Relaciones Exteriores del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, también artífice del Museo Nacional de Antropología e Historia (otro cliché por demás irresistible), que de noche se yergue compite en visibilidad con la Torre Latinoamericana, gracias al trazo geométrico que ilumina la pieza creada por el artista Thomas Glassford, “Un faro de México (Xipe Totec)”.

Salón Bombay

Ese faro puede servir para recordarnos el Salón Bombay, que ha alojado entre sus muros lo mismo al cantante Daniel Santos que a la vedette Tongolele y a Tin Tán; así como a Fidel Castro y El Che Guevara y, según cuenta la leyenda, fue el sitio donde Renato Leduc declinó la propuesta de matrimonio de la diva María Félix con un “Yo no quiero ser el señor de Félix”.

Porque, sobra decir, la gente como uno no termina sus noches en Garibaldi… o por lo menos no todas.

Sociedad de los viajeros renuentes

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