Mongolia, más al alcance de lo que parece

En avión, ya nada es demasiado lejos. Y hay destinos en donde el alto costo del pasaje se equilibra con una estancia económica. Uno de estos destinos más allá de lo pensable es el país de las estepas: Mongolia.

En esta tierra inmensa los caballos son un solo ente con los jinetes, los meteoritos se encuentran a la vista, y los dinosaurios tienen su cementerio. Además, las estepas del país mongol, a pesar de estar ubicadas entre dos países imposiblemente complejos, poderosos y gigantescos, como son China y Rusia, siguen siendo espacios vírgenes y —quizá por su clima— muy poco frecuentados.

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Sin embargo, la posibilidad de llegar a la capital, nombrada desde 1920 como Ulán Bator o “Héroe Rojo” y corazón de esta región tan remota, es sólo cuestión de  tomar el primer vuelo. Y una vez en la ciudad las opciones y lugares para dejarse asombrar, dentro y fuera del espacio urbano, son infinitas.

Se puede empezar por la plaza de Süjbaatar, espacio público donde se proclamó la independencia de China en 1921 y que lleva el nombre del héroe revolucionario. Ahí se puede visitar el teatro y el Museo Nacional, así como el edificio del parlamento, y conocer las estatuas que lo resguardan, incluida por supuesto la de Gengis Khan, el emperador mongol y máximo representante de este pueblo que alguna vez fue uno de los reinos más extensos del mundo: los Khan llegaron a reinar desde China a Europa y el norte de India.

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Pero para dominar la panorámica de esta capital de más un millón de habitantes, en su mayoría budistas desde el siglo XIII, es imprescindible subir al Monasterio de Gandan, que fue construido en el siglo XVIII y en el cual se puede visitar el inmenso Buda dorado. Llaman la atención los campamentos de yurtas —tiendas o viviendas que montan las poblaciones de mongoles nómadas— que circundan el recinto, sobre todo si se toma en cuenta que está a veinte minutos a pie del centro de la ciudad.

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En los alrededores de la capital, a 300 kilómetros para ser específicos, se encuentra el parque nacional de Khogno Khan: el recorrido para llegar a este pequeño desierto del Gobi (como se le conoce por sus pequeñas y hermosas dunas de arena) pasa por extensas estepas, en donde el descanso después del trayecto en camello o caballo sucede precisamente en yurtas.

Y si las dimensiones de estas tierras, donde la inmensidad lo es todo, surtieron efecto, la recomendación es no volver en avión, sino salir a través del tren transmongoliano que llega hasta Beijing, la capital de la China imperial que fue gobernada por los mongoles. El camino pasa por el Monasterio de Erdene Zuu, en Kharkhorin: el alucinante valle de Orjón, y la reserva de caballos Takhi; o bien partir hacia el otro lado, en la ruta que se transforma en el famoso y legendario Transiberiano, hasta Moscú.

Las experiencias sin precedentes están garantizadas.

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