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Valle de Bravo, un tratamiento por sí mismo

Lugar por antonomasia para pasar un fin de semana, a dos horas de la Ciudad de México, Valle de Bravo es, por sí mismo, un espacio que invita al reposo, la meditación y el cuidado de sí: no por nada en los primeros años de la Colonia se le despojó de su nombre de origen mazahua (Pameje), para bautizarlo como San Francisco del Valle de Temascaltepec, que en náhuatl significa montaña de los baños de vapor o temazcales. Apenas hacia la mitad del siglo XIX se le nombró en honor al general Nicolás Bravo.

El aire que se respira proviene del bosque de coníferas que circunda el lago artificial —inaugurado en 1955, como parte del proyecto de la Presa Miguel Alemán—, mismo que ha dado lugar al nacimiento del hermoso paisaje lacustre actual.

Ahora, aunque el objetivo sea olvidarse de todo, los viajeros sabemos bien que, antes de proceder a cerrar los ojos y sucumbir a la horizontal, la curiosidad obliga a conocer el sitio recién pisado.

Valle de Bravo, Estado de México. Foto: CC

Valle de Bravo, Estado de México. Foto: CC

Los principales atractivos de “Valle” son el lago, y las características construcciones coronadas con teja que permiten recorrer las calles sin mojarse —aunque esté lloviendo. Además la población cuenta con varios espacios dignos de visitarse, como los portales, la Iglesia de San Francisco de Asís en la Plaza de la Independencia, o Santa María Ahuacatlán, la segunda iglesia el lugar, con su Cristo Negro. Desde la plaza “el Pino” se ve el ahuehuete de más de 700 años que se abreva de las fuentes subterráneas y da vida a la fuente colonial de esta esquina de la calle principal Joaquín Arcadio Pagaza, que fue uno de los personajes, junto con el pintor Alberto Gironella, que tuvo su casa y estudio en estas callejuelas. Para completar el circuito hay que visitar el Museo Arqueológico, que alberga hallazgos de la zona.

Casa Carmel Maranathá, en Valle de Bravo. Foto: CC

Casa Carmel Maranathá, en Valle de Bravo. Foto: CC

Claro que si la idea del fin de semana es descansar, Valle de Bravo ofrece una profusión de masajes, faciales, tratamientos corporales y temazcales, por no mencionar el giro de las terapias espirituales o yoga que se ofrecen en diversos lugares de la localidad, como la Casa de Oración Maranthá.

Entre los hoteles pensados para este tipo de experiencias se encuentra El Santuario Resort, a la orilla del lago. Las instalaciones combinan madera, fibra y otros materiales naturales, y se ofrecen toso tipo de tratamientos para la piel y el cuerpo, así como temazcal. Además es un gran punto para practicar canotaje, vela o esquí en la tersa superficie acuática.

El Santuario Resort. Foto: El Santuario

El Santuario Resort. Foto: El Santuario

Otro de los espacios recomendables para olvidarse de la ciudad es el Hotel Rodavento, también frente al lago, o el Loto Azul Resort and Spa, en el Barrio de Otumba. Y, un poco más allá de Valle de Bravo, con un estilo aún más privado, se puede pasar una estupenda estancia en el Hotel Avándaro, que ofrece clases de yoga y una cascada de agua mineral que recibe a los recién salidos del sauna.

Rodavento Boutique Hotel. Foto: Rodavento

Rodavento Boutique Hotel. Foto: Rodavento

Con un ánimo más energético, recomendamos subir la cúspide de la montaña, al mirador de Monte Alto o el Divisadero, para contemplar el lago desde las alturas. Ya ahí, la verdadera prueba de que uno se ha despojado de las ataduras citadinas, es lanzarse en un vuelo de parapente. Los que no lo hayan logrado, harán bien de llevarse —por cierto a mucha honra— aquel libro que dese hace tiempo desean terminar.

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Sociedad de los viajeros renuentes

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Los selectos miembros de la SVR han viajado mucho. A veces muy bien. Y otras, muy mal. Ahora bien, lo malo no se refiere a los contratiempos sorpresivos: perder un tren, equivocarse de ruta o probar un bocado francamente repugnante es parte de lo que buscan cada vez que abandonan lo conocido. Lo lamentable es cada minuto en que la genuina curiosidad le ha cedido su lugar al más trillado sentido común.

Nuestra misión: transmitir a los lectores aquellas ideas de viaje capaces de seducir hasta al más rejego de nuestros miembros honorarios.
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