Lamanai: Belice en su más alucinante expresión

Cruzando el límite de México y la zona libre de entrada a Belice, rumbo al pueblo de la costa fronteriza de Corozal, se llega a la ciudad de Orange Walk, también conocida como Sugar City (Ciudad del azúcar), debido a la producción de caña en la región. Y hay que decirlo, el motivo para llegar ahí es que se trata de la única ruta para alcanzar una de las zonas arqueológicas mayas más particulares de las que se tenga noticia.

Hay dos maneras de llegar desde Orange Walk a la selva y a los linderos acuáticos de la laguna New River, al borde del cual se encuentra la ciudad de Lamanai (“cocodrilo sumergido”):

Una por el río del mismo nombre, tomando la embarcación que durante dos horas de camino a través de una reserva natural se acompaña del vuelo de una inmensa diversidad de pájaros, solitarios o en grandes parvadas.

La segunda se realiza en automóvil, de preferencia en camioneta, y tiene una duración aproximada de dos horas antes de llegar a la entrada de la Reserva Arqueológica de Lamanai. El camino que se entronca en la carretera principal pasa por Guinea Grass Town para conducir hacia Shipyard, la primera comunidad fundada por los menonitas afincados en Belice desde 1958, una comunidad que se acerca a los 3 mil habitantes quienes, además de trabajar en la agricultura y la ganadería, la carpintería y la herrería, pasean plácidamente por sus caminos, por lo general a bordo de carrozas tiradas por caballos, si no es que de sendos tractores.

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La actual zona arqueológica de Lamanai, cuyos orígenes datan del periodo preclásico, entre el siglo IV y I antes de Cristo, fue la última ciudad maya en ser habitada por los descendientes de esta civilización. Hacia 1618, cuando los misioneros Bartolomé de Fuensalida y Juan de Orbita intentaron evangelizar a los habitantes de Lamanai, construyeron dos iglesias, Ramada y la Iglesia Española (Spanish Church). Al poco tiempo fueron rechazados y sus templos quemados durante los actos de resistencia al catolicismo que los mayas de la región comenzaron hacia 1638.

En la inmediaciones de la antigua metrópoli de Lamanai también se puede visitar las ahora ruinas de un ingenio de azúcar (British Sugar Mill) y una cisterna, ambas construidas por los británicos en el siglo XIX, huellas de la segunda época de colonialismo europeo en la región.

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La primera descripción de Lamanai por parte de un occidental fue obra de Thomas Gann, en 1917, pero las primeras excavaciones comenzaron hasta 1974, bajo la dirección del arqueólogo canadiense de la Universidad de Ontario, David Pendergast. Desde entonces, el trabajo arqueológico se ha concentrado en el Templo de los Mascarones y el Templo de las máscaras de Jaguar, desde donde se puede apreciar el entorno selvático así como el Templo Alto. Además, se ha “liberado” una estela, el juego de pelota y el complejo real. Una característica de las zonas arqueológicas de Belice es que cuenta con fichas etno botánicas al pie de las plantas más representativas de la región, entre las que resaltan la ceiba (árbol sagrado de los mayas), la caoba, el cedro, las orquídeas, las bromelias, el copal, la yuca y la papaya, por mencionar tan solo algunas.

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Si la tarde se avecina, es recomendable parar a comer, tomar la copa o pasar la noche en el lujoso Lamanai Lodge Outpost. Enclavado al borde de la laguna y a pocos metros de la tupida selva, este reducto de viajeros internacionales organiza caminatas matutinas para observar animales —armadillos, tapires y pecaríes, manatís, monos aulladores o varios tipos de felinos—, así como visitas vespertinas a la selva, para conocer de cerca algunas “criaturas de la noche” (más de 10 tipos de murciélagos); recorridos en lanchas inflables o visitas a la comunidad menonita.

Su biblioteca está dedicada, sobre todo, al avistamiento de las aves que pueden observarse sin demasiada dificultad en la zona (más de 60 especies), entre las cuales destacan: flamencos, buitres, pelícanos, lechuzas, carpinteros, tucanes, águilas y halcones, entre otros.
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Aunque también se puede dormir en las casas de huéspedes que atienden los habitantes de Indian Church, pequeño enclave a pie de la ciudad maya que cuenta, incluso, con un minúsculo bar con rocola incluida. La experiencia permite conocer (o empezar a hacerlo), a fuerza de charlas en un español yucateco salpicado de inglés británico, cerveza Belikin y pollo guisado al estilo creole, hindú o taiwanés, a la población, híbrida como pocas, que habita hoy estos fabulosos parajes centroamericanos.

Planea tu próximo viaje a Belice para descubrir estoy y más.

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